En el horizonte de esta pieza, la madera deja de ser bosque para convertirse en arena y viento. Cada taco de madera es un grano de tiempo tallado, una pequeña duna que emerge del plano para capturar la luz del atardecer.
La pintura acrílica se funde en una gradación de oros, lavandas y sombras profundas, recreando ese instante mágico donde el sol besa la tierra y el relieve se vuelve arquitectura viva. No es solo un cuadro; es un paisaje táctil que cambia con el paso del día, susurrando la calma de un desierto infinito en el corazón de tu hogar.