El dramatismo y el desgarro de sus composiciones, primero, y luego una especial inclinación a los valores sensitivos del objeto, su forma y sus significados, lo entroncaban con grandes referentes míticos de la cultura artística, literaria y musical española. Referentes que a la postre desbordarán, con mucho, el monopolio semántico de esa "veta brava".
Lo que resulta a todas luces indudable es que a partir de este momento se produce una consolidación direccional de la expresión plástica en Rivera. Ya desde 1956, las telas metálicas arrebatan su obra de ese territorio imaginario en que se ve condenada a moverse la pintura (figurativa o no) y le suman una identidad espacial materialmente tangible. Las posibilidades de ejercer un tacto real significan, de facto, la apropiación poética del espacio físico. Pero su lenguaje acapara también los principios básicos del movimiento y la luz, ya que ambas cualidades eclosionan desde el rectángulo de la obra cada vez que el espectador cambia de punto de vista con respecto a ella, aunque sea mínimamente.
CUENCA
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